El gran mundo de los mohos, las pelusillas desagradables que aparecen en los alimentos.

Leyendo el título, no parece que esta sea una entrada muy fácil de digerir, pero dejando la grimilla a un lado, considero que era necesario tratarla en este blog sobre biología en la cocina. A pesar de su mala fama (digo, por su relación con la descomposición de los alimentos) y su desagradable apariencia, creo que hacer un repaso sobre los principales mohos presentes en los alimentos es muy necesario, ya no sólo por curiosidad biológica, sino también por cuestiones relacionadas con la seguridad alimentaria. Queramos o no, los mohos son seres casi ubicuos por lo que escaparse de su existencia, fácil, fácil no es, por lo que qué menos que conocer un poco más sobre ellos, para saber a qué atenerse cuando aparecen en nuestra frutera, nevera o arpesa. Pero tranquil@s que, como todo en la vida, no todos los malos son tan malos; hay algunos mohos “buenos” e incluso comestibles (si sois amantes de los quesos, ya intuís de que os estoy hablando). Así pues, si queréis saber más sobre el maravilloso y grimosillo mundo de los mohos, os invito a seguir leyendo.

Mohos

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La técnica analítica “number one”: la espectrofotometría.

Ha pasado ya un largo tiempo desde que publiqué la última entrada dedicada a las técnicas más habituales de los laboratorios del mundo, por lo que esta sección reclamaba su presencia en el blog. En esta nueva ocasión, la técnica a repasar es una de las técnicas cuantitativo – analíticas favoritas para quienes, como yo, nos gusta cuantificar los nutrientes, enzimas, minerales, compuestos o sustancias presentes en una muestra; esto es, la espectrofotometría. Esta técnica, combina conceptos de física, química, matemáticas y un poco de biología (sobre todo en lo referente al tipo de muestras objeto de su medida), resultando de gran utilidad para el trabajo del día a día en los laboratorios. Así que, si quieres saber un poco más sobre ella, no dudes en seguir leyendo.

Espectrofotometría

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